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on muchos los acontecimientos sucedidos a lo largo de la historia que confirman que existe en las sociedades unos componentes fijos que se mantienen ajenos al transcurrir del tiempo. Así por mucho que las sociedades evolucionen –o se crea que evolucionan- siempre habrá coyunturas, sino idénticas, similares. Aunque el escenario de la acción difiera -puede haber más o menos adelantos tecnológicos, más o menos comodidades…- siempre habrá poderosos y sublevados, ricos y pobres, cultos e incultos, liberares y conservadores, revolucionarios y sedentarios…y sobre todo siempre habrá injusticias sociales.
Para demostrar esta constante relacionaremos la escritura de MARIANO JOSÉ DE LARRA (1809-1837) con la presente sociedad. Sus artículos políticos y de costumbres bien podrían haber sido escritos hoy en día sin apenas variantes. Ha transcurrido más de un siglo desde que Larra se enfrentara a la sociedad que le tocó vivir y todavía hoy siguen en boga temas que resultan ser una rémora como: la pena de muerte, los malos tratos, las falsas apariencias, la miseria cotidiana, el patriotismo absurdo, el mimetismo, la escasez de cultura, la falta de educación, el desinterés por aprender…Lo único significativo que ha cambiado es que en lugar de enfrentarnos a la monarquía de Fernando VII y a partir de 1833 a la de Isabel II –regencia de María Cristina-, nos enfrentamos a políticos cuya máxima bien podría ser “si tu dices blanco yo diré negro”…Pero dado que abordar este tema supone una amplia extensión y nos desviaríamos del tema central que nos ocupa, lo dejaremos a un lado.
Lo paradójico es que los ciudadanos del siglo XXI no son conscientes de las convenciones que les esclavizan y miran al pasado con ojos condolientes en lugar de apiadarse de sí mismos y de su desastrosa situación. ¡Pobres ilusos! o ¡felices ilusos! Ya comentó Larra en su artículo “Carta a Andrés escrita desde las Batuecas por El Pobrecito Hablador” que “no sabemos lo que tenemos con nuestra feliz ignorancia” porque el saber es dañoso. Según el autor que nos ocupa, no se puede añorar aquello que no se conoce, por lo que el atrasado cree ir adelantado. Entonces ¿es una ventaja el ser ignorante? De ser así, ¡que aventajada está la sociedad actual! Larra decía “no puede ser hombre de provecho quien no es por lo menos tonto y mayorazgo”. En opinión de quien escribe prefiero ser una infeliz culta que una feliz ignorante. Según Larra la causa de esto estriba en la falta de estudio: “del no estudiar nace el no saber, y del no saber es secuela indispensable ese hastío y ese tedio que a los libros tenemos…y sobe todo en descanso de la patria”. Al leer esta afirmación me acordé de la indigente cantidad de jóvenes –yo también soy joven- que hablan de la actividad de estudiar con desprecio y no la valoran. Identifican el estudio con una obligación tortuosa y no lo ven como la actividad que le garantiza una formación indispensable para salir de las “tinieblas”. Una vez que se conoce la realidad cabe la posibilidad de aceptarla o se si se está en desacuerdo, enfrentarse a ella. Pero para ello, reitero, es precisa una formación intelectual previa. Multitud de conocidos míos dejaron sus estudios para introducirse en el sector laboral, y otros cientos siguen sus estudios sin ningún interés como si de un acto sistematizado se tratase.¿Dónde está el afán por saber?, ¿dónde está el interés por conocer?, ¿dónde está la necesidad de superación? Larra percibió el desinterés por la cultura en el siglo XIX pero de igual forma lo hubiese percibido dos siglos después.
Consecuencia de este rechazo al saber son los “castellanos viejos”, término con el que Larra alude a los faltos de educación que además se enorgullecen de su condición. A través de técnicas como la ironía, el humor, la animalización, la personificación, hipérboles, comparaciones exageradas…Larra defiende unos modales sociales de cortesía mínimos. Modales que hoy en día seguimos buscando. A lo largo de un día son multitud las ocasiones en las que pienso: “¡la gente no tiene educación ninguna”! Sin ir más lejos esto sucede cuando estando en la biblioteca, alguien comienza a hablar en un tono demasiado elevado e interrumpe el nivel de concentración del resto, ¿con qué derecho?; cuando tras estar haciendo cola en el autobús durante largos minutos –si es que un minuto puede ser más largo que otro- viene un individuo y se sitúa muy por delante; cuando el trato de los comerciantes es tan irrespetuoso que parecen hacerte un favor por consumir sus productos o servicios; cuando una persona desconocida mira con descaro fijamente a otra durante unos segundos…No pretendo excluirme de ese grupo de faltos de educación porque puede que en ocasiones yo misma haya interpretado acciones incorrectas, aunque eso sí de manera inconsciente, pero en la sociedad en la que estamos es difícil no haber sido absorbido en alguna ocasión por sus pérfidas costumbres. Larra critica la hipocresía social a través de la figura de Braulio en artículos como “El castellano viejo” y “El mundo todo es máscaras. Todo el año es Carnaval” . Incluso podemos afirmar que el esfuerzo por crear falsas apariencias ha ido creciendo con el transcurrir de los años. Antaño el proletariado admitía que no podía aspirar a grandes bienes, pero hoy son muchos los que son capaces de adquirir bienes muy por encima de sus posibilidades para aparentar pertenecer a una esfera social superior, aunque eso signifique estar en deuda con el banco toda una vida. Demasiados son los “castellanos viejos” y “las máscaras” que se esfuerzan por hacer de sus vidas una escena teatral, en la que todo son decorados, todo es mentira. El hogar que más que una casa se asemeja a una mansión, el coche deportivo…son el decorado. ¿Y qué me dicen de la falsa amistad? Los buenos amigos escasean, -por no ser demasiado escéptica y decir que no existen- pero por doquier encontramos personas que dicen ser nuestros amigos y que acuden a nosotros por simple interés; personas que consideramos amigas pero resultan ser enemigas; amigos que se dirigen hacia nosotros con expresiones como “cariño”, “guapísimo”…cuando opinan todo lo contrario. Por tanto, sí podemos apoyar la visión de Larra y decir que el carnaval no se reduce a una época concreta sino que “hay máscaras todo el año”, sólo “sal a la calle y verás las máscaras de balde”.¿Qué mejor careta que la cara de cada uno? ¿No es la hipocresía un concepto absurdo? Ya Larra afirmó que sí.
Nos centraremos ahora en aquellos oficios que según Larra “no dan de vivir” y que no conducen sino a la miseria cotidiana. Oficios que hoy día siguen estando en vigor y en ¡qué ingente cantidad!
La señora que pide en la esquina, el limpiador de zapatos, el músico que toca en el metro, los vendedores de pañuelos en los semáforos, los “hombres-estatua”, los comerciantes ambulantes…llevan a cabo “modos de vivir que no dan de vivir”. Quizá muchos de estos individuos están capacitados, por razones innatas u otras complementarias, para desarrollar un trabajo muy superior al que ejercen, pero dado que se hallan inmersos en una sociedad injusta que no les da oportunidades para ello, deben ser siempre unos miserables. Estoy agotada de ver a gente que por haber nacido en el seno de una familia acomodada, o para entendernos mejor, por ser lo que coloquialmente conocemos como “hermanos de…”, “hijos de… “sobrinos de…” ocupan puestos de trabajo que están muy por encima de sus facultades intelectuales.
Y es que en una sociedad que consideramos moderna, civilizada y adelantada (si hacemos un análisis crítico de la presente sociedad habría que invertir el significado de éstos términos para designarla) sigue habiendo una abismal diferencia entre ricos y pobres. El Antiguo Régimen cayó en el siglo XIX y muchas de sus características no se han paliado por completo todavía. Quizá piense mi lector que exagero, pero píenselo detenidamente. La única diferencia es que hoy las clases sociales se mezclan de forma desordenada. Así por ejemplo, el pobre que pide en la puerta de la tienda “Loewe” ve pasar ante sí a personas que podrían dar de comer a cien de su condición durante toda una vida. También es cierto que existen los llamados “parásitos” que no queriendo trabajar pretenden vivir a costa de los demás, pero éste es un tema distinto.
Otro tipo de oficios menores actuales pueden ser, por ejemplo, el de cajera, camarero, repartidor de publicidad, maestro, periodismo…Centrémonos en estos dos últimos por la relación de cercanía que a ellos me une. Bien escogido fue el dicho popular “pasar más hambre que un maestro de escuela”. Contaba mi abuelo, maestro de profesión, que se compró una bici por dos pesetas y apenas podía comer para pagarla. En cuanto al periodismo diremos que es un trabajo infravalorado en una sociedad en la que poco o nada interesa la información. ¿Cuándo el periodismo será considerado una profesión digna? Para mí ya lo es, pero para la mayoría no. En un oficio en el que se trabaja incesantemente, que supone un gran esfuerzo mental…y debiera pagarse con oro, la recompensa es un sueldo irrisorio.
En fin, que si no se es un alto ejecutivo, piloto de aviones o un cantante de carácter conspicuo no se es nada.
Según Larra los oficios menores son: “mozos y sirvientes que viven de la propina”, “la abaniquera”, “la mercadera”, “el cartelero”, “los comparsas del teatro”, “los corbatines”, “los almohadillas”, “el barbero”, “maestros”, “retratistas”, “las prenderas”…pero sin duda el mayor oficio menor, el modo de vivir que menos da de vivir es el de escritor, “el de escribir para el público y hacer versos para la gloria”.
“Vuelva usted mañana” ¿Cuántas veces hemos oído esta frase? Larra también debió escucharla en su ámbito social. De ahí su crítica a la pereza social que define el modo de ser de los españoles y que impera en todas las clases sociales. Según Larra “la pereza es la verdadera intriga […] es más fácil negar las cosas que enterase de ellas”. Los españoles fuimos y seguimos siendo perezosos ante cualquier acto que requiera un mínimo esfuerzo. Sin ir más lejos hagamos memoria de las ocasiones en las que agotados por el sueño no nos hemos ido a dormir in situ por el esfuerzo que requiere desplazarse hasta la cama. Y es que muchos, si por ellos fuera, ¡no comerían por no masticar!
El autor aprovecha esta idiosincrasia, que impregna la sociedad española, para criticar a la burocracia; critica que perfectamente podía haber realizado sobre la sociedad actual. Seguro que todos hemos experimentado esa sensación de impotencia cuando a la hora de realizar trámites burocráticos, se nos envía de un organismo a otro como si de títeres se tratara: que sí ve allí a que te firmen este papel, que si ve allá a que te compulsen este otro papel, que si extravían tus documentos… En palabras de Larra ¡qué formalidad y qué exactitud!”.
¿No es la privación de la vida algo incuestionable? Desde mi punto de vista, ningún quebrantamiento de la ley, por grave que sea, debe ser condenado con prácticas como la pena capital. No obstante, para muchos individuos la interpretación de técnicas como la pena de muerte es un acto ejemplarizante que no se alcanza con las penas privativas de libertad. Mariano José de Larra se enfrentó a los que de éste último modo opinaban en “Un reo de muerte”. El autor que nos ocupa no comprende la actitud de sus coetáneos que festejaban las penas de muerte como si de fiestas locales se tratase. “La sociedad ya estará satisfecha –exclama Larra- ya ha muerto un hombre”. En España la pena de muerte se abolió en la Constitución de 1978 –lástima que Larra no tenga conocimiento de ello-. Me resulta complejo asimilar que hasta hace solamente treinta años existía en España una ley que regulaba la pena de muerte, pero todavía resulta más complejo de asimilar el hecho de que actualmente en algunas regiones de Estados Unidos siga “festejándose” este macabro acto y que en muchos países se admita la pena de muerte en casos excepcionales y situaciones de extrema gravedad. Un país que no puede vivir sin matar –aludo a los EE.UU- ¡cómo tiene la osadía de considerarse perfecto, superior al resto! Mi grado de comprensión máximo no logra entender los argumentos que sostienen una “ley inexplicable”. Será que no soy demasiado inteligente como para entenderlo.
En cuanto al “mimetismo social” otra de las constantes que emanan de la sociedad -tanto pasada como actual-, Larra comenta que es imposible hacer a través de las leyes un pueblo libre si es esclavo de sus costumbres. A menudo nos quejamos de los defectos gubernamentales, pero es cierto que tampoco hacemos nada para erradicarlos. ¿Dónde están los revolucionarios de la “revolución francesa”?, ¿a caso ya no existen? En España la muerte de Fernando VII dio paso a una revolución liberal en 1833 que significaría el inicio de un sistema burgués parlamentario. No obstante el autor no se sintió aliviado con esta revolución, -y la consiguiente alternancia en el poder de liberales y conservadores durante el Reinado de Isabel II- que mucho tenía que envidiar a la de otros países europeos.
Por lo general los ciudadanos se mantienen firmes a su condición por nefasta que ésta sea. Quizá sea pereza o la falta de saber que impide captar la realidad –como vimos en párrafos anteriores- lo que auspicien esta inexistencia de individualidad social.
Finalmente hablaremos de la censura, otro de los temas constantes en los artículos de Larra, ya que sin ir más lejos debía esquivarla. Los recursos que Larra utiliza para “engañar” a los censores son diversos: desde la ironía hasta una profunda gravedad pensativa que le permite un monólogo patriótico con personajes de gran amplitud ideológica a través de los que desdobla su pensamiento. Esto es, pese a que el autor en ocasiones no nos trasmite sus pensamientos y sentimientos de forma directa, existe una visible transparencia informativa. Hoy en día, aunque no podemos hablar de una censura establecida por ley, como así sucedía en el siglo XIX, sí que existen claras restricciones en los medios de comunicación controlados por “unos pocos”.
Por tanto, Larra se enfrenta a todas estas rémoras que nos hacían ir a la cola de los países europeos, pero desesperado por vivir en una España con la que no se identificaba, terminó suicidándose en 1973.
No obstante, como hemos ido comprobando a lo largo de este análisis que verifica la vigencia de Larra en el siglo XXI, todavía hoy encontramos muchas de esas rémoras. Incluso podíamos interpretar que Larra escribió sus artículos pensando en la sociedad del siglo XXI.
Sería estupendo que el lector de este escrito tenga la sensación de haber conocido a Mariano José de Larra –precisamente ésa es la sensación que me invadió cuando leí sus artículos políticos y de costumbres- .
Aquellos que como Larra estemos en desacuerdo con muchas de las constantes establecidas en la presente sociedad, no escojamos una opción tan extrema como la suya –el suicidio-, simplemente aceptemos que las injusticias serán elementos constantes de las sociedades. Y las injusticias siempre serán injustas.









